Estoy cansado de estas horribles migrañas, cada día tengo un dolor diferente en un punto distinto del cerebro. Sé que vienen porque veo personas que no están allí, escucho conversaciones en el vacío, leo palabras en páginas que no sostengo. Ahora, por ejemplo, leo: «Nueve serán las ciudades: Mosser, Berlín, Luna, Levante, Podd, Isher al Faratt, Wollet, Tlön, Wovermot y Machu Picchu. La décima ciudad será Volis. En sus barrios crecerá el pecado, en las plazas publicarán la Acción, en el extremo de la luz de Sol convivirán los demonios y supersticiones. Todo círculo tiene vida, pues delimita un organismo que se alimenta de sí mismo, lo cual nos permite conocer la esencia de la existencia: cómputos inmediatos, en su mayor parte; escenas de crueldad en las excepciones». Si quisiera que el ocaso se detuviera no escribiría estas líneas: es en su creación donde se cumple la profecía, su perfecta modificación la mantiene periférica, al contraerla hasta lo sólido se sellará el destino del Profeta. Veo en el desierto mil desiertos, la pirámide de la mentira en el centro y a su alrededor las almas de las bestias, únicas purezas de lo cotidiano. Cantan, celebran la destrucción. Ceguémonos. No son fanáticos los que miran hacia la luz, pues en ellos queda la esperanza de un mundo incandescente, que desempeña una función desinteresada pero profunda, que raya en la obsesión de la miseria cotidiana; si quisiera rebelarse, la tetralogía oscultaría entre los cielos y las tierras y vería el rostro de la mujer, que tiene el rostro del hombre, que esconde el rostro del simio angelical, que reina en las dimensiones superiores. Él reiteró la delicia de las aves al conseguir la entrada a esta nueva realidad albergada en el circuito final que es la mente de los dioses, órganos etéreos que permanecen entre mis manos el primero y el último, como exigencia absoluta para mantener la solidez del futuro frente a la plasticidad del pasado. Los matemáticos olvidan que deben en sus cálculos considerar el movimiento de la Luna y su influencia sobre los números —siete no es impar en el solsticio, la solidez de la perpendicular se refracta en días de eclipse pues el océano de lo humano se sublima ante la oscuridad inesperada— o los consejos de murales milenarios, para el último día reconstruidos, en los que verá Tania el verdadero rostro de la pareja real, sus iridiscentes pieles las que exudan crueldad, antes del descubrimiento de la ética. Alia es el rey y el mendigo y el sacerdote, guiado por un báculo sacado del dígito divino. Nuisselveux es la reina y el ejército y la burocracia, en sus ojos puede ser visto el futuro imposible, sus oídos la protegen de las mentiras. San Burgos es el príncipe y el castillo y la Ley, ochenta años vagó por los océanos del sur hasta encontrar el árbol de la complejidad, última pieza para construir el universo. (Todo sucumbe ante la geometría, que en estas páginas relleno con la tinta arrebatada). A su reino pertenecen la ciudad del cielo, la ciudad sumergida, la ciudad en la superficie, la ciudad inubicable. Forman las cuadrículas divinas en las que se apoyan las estrellas que guían sus destinos hasta los Cubos de Metal, los monstruos panópticos que desplazan la representación de la estructura; sin ellos, es un hogar de iniquidades que pululan entre las mujeres que no pueden pronunciar el lenguaje flotante del viento. Cubren sus cuerpos de branquias anaranjadas como ojos de lo profundo, el olor a lo salado las enloquece hasta el éxtasis, es por ello que descansan al enterarse de la llegada del emperador derrotado, aquel que inmoló su cuerpo en estas tierras donde primero fueron los hermanos, que en su lujuria de conocimiento construyeron la máquina solar; luego fue el toro, que esperó junto a la máquina hasta la llegada del celoso; luego fue carnero, que hizo derretir el toro y asesinar a los suyos; luego fue el pez, que sacrificó al carnero y luchó contra Legión; luego fue la mujer que emana desde el río, que espera junto a la puerta del templo; luego será el androide, cuya mano extenderá la línea de la infinitud hasta los cuadrantes abandonados e infértiles de los cielos sin estrellas. Así preguntan los sabios que observan los cometas: ¿Cuánta avaricia hay en la materia? Se acumula durante la Gran Guerra en todas las casas, pero cuando el gallo cante en la noche sin luces el enemigo levantará de sus tumbas a todos los dictadores, cadáveres que marcharán por anchas avenidas hasta los palacios de la última era del esclavo, hasta los manantiales de riqueza, hasta las puertas de la percepción. Los veteranos observan. Desnudos, conocerán la fuente de la vergüenza incrustada en la sangre de sus descendientes. Gritaron: ¡Lástima de la penitencia que esconde una casualidad! ¡Lástima de la penitencia que esconde una casualidad! ¡Lástima de la penitencia que esconde una causalidad! Al oírlos, comprendo con desgano que nada será nunca realmente honesto en el universo, no mientras haya consciencias que se se sientan separadas del resto de la existencia, y por ese remolino de lástima me dejo llevar por siempre, y por siempre. Por esta vía el iniciado podrá escapar de la maldición de su sangre, de sus heces, que abren el puerto destinado para las bestias en los días aciagos, para los durmientes sobre los que descansa la Gran Movilización, que en aquellos días traería prosperidad a la salida de la máquina, pero que en la realidad nos condujo a este infierno de contenido, de rostros irreconocibles frente a ojos anegados, mentes extraviadas en sus propios borradores. Desinteresado, conduzco por una carretera que lleve a cualquier lugar, o a ninguno, porque reconozco que lo importante no es llegar, sino alejarme de donde haya estado antes, para no encontrarme también allí. De todos modos, en nuestros pasados no existían los paréntesis. Unos extraordinarios señores vagaban entre las rocas y contaban los últimos días de la historia. Los sobrevivientes serán miasmas ilusorias, entre espejos que desconocen sus rostros, los confunden con flores. (Es comprensible: si los humanos nacieron del Sol, al Sol deberán regresar. No tiene la literatura un ejemplo más certero que el de Camus, cuando su madre descubrió que los mamíferos también volaban y él la corrigió: en efecto, las criaturas no pueden elevarse de la tierra). Si la máquina conoce las palabras susurradas, entonces no moriremos por siempre, muchas veces, con agonías indescriptibles que se vuelven éxtasis. Duerme como Ganímides, protegido entre brazos iracundos que celebran la antítesis de la abstinencia. Cambiemos, piensas. Otra vez, ahora con mejores alternativas, podremos construir una sociedad igualitaria, en la que los grupos caminen de a tres, de a uno, de a ocho… Jamás, pues la conquista desinfla las nomenclaturas, los túneles que cavamos para despertar de pesadillas artificiales pesan más que la montaña que los contiene. ¿Y si no fuera así? ¿Y si entre los niños uno conociera los números violentos, el nombre de la Muerte que desencadena los terremotos y las caricias? De las mejores siluetas escaparán las profecías que, como las olas, titubean ante el precipicio. Pero miento, a veces, cuando me falta el aliento, porque temo la llegada de las criaturas, el oso y la luciérnaga y las hormigas —oh, las hormigas— que en sus anchas carreteras construyen realidades. A partir de este día la miel será más amarga. Pero olvidaremos. Pero existe. Pero crece, entre ustedes, un pecado que proyecta sus rayos: lo llamamos realidad. El índice del misterio es el mismo entre mujeres y espadas, entre hombres y sus sábanas; juran por esos nombres, claman por la materialidad de las fragancias (no saben que sus manos dibujan por siempre las únicas sutilezas). El por qué del no, de la tiranía. En el fondo del océano está la ciudad, negación de Constantinopla indómita, donde los búhos duermen con la Luna y los impuestos son un regalo para los mendigos; donde uno de nosotros fue enjuiciado; donde la Palabra es devuelta con satisfacción. El bosque de los corazones se inundará en el caparazón del tercero de los ángeles, pues cierto ocaso es inminente, no puede ser llenado con otras formas de elegancia. ¿Cómo saberlo? Dijo el mago, todavía, víctima de grietas escondidas, que la forma es ninguna, desprecia su postura desde un punto de impunidad arcana. Tres serán las negras lenguas del fuego perpendicular hacia la minera, máscaras desconocidas de nuestros fantasmas núcleo. Así como Levenway, dijo: «No serán batallas la fuente de mandrágoras humanas, homúnculos imperfectos que escondieron la complicación de… ¿Eres tú? Me habla la calavera» (hasta sus peores consecuencias proliferan la enfermedad de los peregrinos, que es necesidad), así es de insólita la profecía inconclusa. Descansar del viaje es también parte de viajar, como ocurre con los ocasos cuando devuelven los niños perdidos a los familiares traicioneros. Es así. La pirámide crecerá hasta la montaña de Ur, figura modular de cielos estáticos; aúllan, escapan, se distraen, las mujeres serán la fuerza de la resistencia en el entendido de que las oraciones caigan hacia Él, que persigue el Mal… Enamorados se explican en contextos divergentes —transitorios pero detallistas— o infracciones a parámetros amarillos. Júbilo solía llamarse la criatura hasta que de las entrañas de los dioses surgió su propia inmundicia y compañía siempre negada, la felicidad merecida desde sus días de imperfecta creación en la imagen y en los sueños y en roqueríos de los gritos. No es innecesario, pero compleja asignación de recursos propia de gerencia y reconstrucción, de epílogos. Extranjero. Por el camino vendrán los gemelos, feroces perseguidores; la balanza, que observa en todos los niveles; el Griego, perdido en su lámina verde; Amberes, que en la tierra espera: no sabemos a quién; las tres montañas, entre cuyas lágrimas padecerán los señores de corbata, los mendigos de láminas, las interrogadoras. Sus caballos serán enormes como el cometa que anuncie el principio de nuestras aspiraciones hacia la crisálida. Discútanlo, hasta el cansancio si es necesario, hasta que de sus sueños escapen de los síndromes y miedos y sus propios monstruos y las artes y todos los reyes y las negaciones, las contradicciones del modelo por el que la realidad puede ser derramada. ¡Festejaos, reconoceos, lloraron los caídos! Tácita conoce todos los secretos, pero no lo sabe aún: espera la señal de la entropía, la última constante. Solo los felinos verían la muerte del hombre que esa noche escogerá el destino de los hombres: su nombre es Maciel, quinto descendiente de Nüs, contenedor de los cambios. (Uno es imposible, si la unidad existe entonces la combinación sería inestable. ¿Cómo podría el tiempo existir en el espacio si no se alimentase de la vida? Ellos lo saben pero esconden el secreto, por lo tanto, sus últimos años serán terribles y heroicos, su virtud la paciencia y la comprensión: conocen el alma de los ancianos. Portan ellos el candado, están malditos, de sus narices se evapora la sangre de la codicia: Dotmenor, Llonés, Ush-Lob, Fari dai Kahn, Félix, Sounter y su hermano Pollex, Nimer, Quémiron y Barrabás el inmortal, portadores de la llama de la oscuridad que ablandará las tierras y secará las nubes, quemará los ojos y desencadenará el colapso de la economía mundial para el tercer hemisferio en el segundo planeta). Lento es el paraíso. Su cuadrante se divide en tres cuerpos: norte y oeste detentan la mirada, los océanos descansan en su voz, las colmenas conforman su mente como una maquinaria imprecisa, nunca construida ni estructurada. Su vida en un rectángulo en un círculo en una estrella será narrada para todos. Esto me explicó la filosofía, que para festejo de los pueblos fue entregada en días de especial turbación por el congreso de ermitaños, antenas purificadas que reciben la misión humana desde el centro de la galaxia. (Horrible tradición, pues la cadena electromagnética nos ha condenado a pesadillas, a relatos inconexos del dolor de las especies, del fin de las civilizaciones; cada grito al vacío, cada llanto milenario. Me intriga conocer el fondo del estudio en el que escribieron estas mentiras, las que nos cubren las pieles y nos esconden las esencias de la verdadera sociedad, los palacios del aroma en los que nos alimentábamos cada noche, bajo Su atenta mirada. Todas las esferas rebalsan el sufrimiento, cultivado de las vidas derrochadas en el paso de la Invasión Inminente). La materia transmite el mensaje en su constante girar, el espacio acontece como una coincidencia, la Constitución del universo regula el orden de las dimensiones, la ética de la materia, los límites de la energía: temo que hayan acercado a los titanes, quienes lucharon por el dominio de la consciencia. Triunfó la materia, heredera de lo inamovible, y en su prisión hemos vivido encerrados por millones de años. La libertad será inevitable, aunque debamos cruzar los vacíos de lo posible hasta la morada donde descansan quienes viajaron desde las estrellas.